Es un proyecto que busca visibilizar la principal problemática que se vive hoy en las cárceles de mujeres. Las estadísticas evidencian que esta población penal ha aumentado desproporcionadamente en comparación con los hombres, siendo la principal causa de encarcelación, el delito de droga. Más allá de entregar cifras, hemos querido contar historias; ¿quiénes son?, ¿cómo participaban?, ¿cuáles fueron sus razones?, ¿cuál es su reflexión?

Las 787 mujeres chilenas condenadas por delito de droga en el año 2016, no sólo sufren la condena de cometer un crimen, sino que también la vida carcelaria y, la más dura, la condena social. Es por esto, que por medio de la presentación de una mirada holística, Renata Ahumada y Camila Pinto -futuras periodistas de la Universidad Diego Portales- han querido visibilizar a estas mujeres invisibilizadas.

787 Anonimas > Alejandra Duque

Alejandra Duque

Resiliente y reinventada

La vida de Alejandra Duque (40) nunca ha estado en calma. Desde una pequeña caja roja -llena de monedas- que robó su infancia, pasando por los lujos que dejaba el narcotráfico, hasta la vida de peluquera, dirigenta y ciudadana activa que lleva hoy en Rancagua. Este es el camino que vivió, y revive hoy.

Por Renata Ahumada y Camila Pinto

Cuando tenía ocho años, y venía regreso del colegio a su casa -recorriendo las calles de La Pintana-, Alejandra regresaba siempre con las manos llenas de cartones y botellas para la venta. En su negocio ya había conseguido un comprador, primero fue un hombre mayor y, luego, comenzó a venderle a un amigo de su hermano. De hecho, fue aquí donde conoció -a los 12 años- a su futuro marido; con ocho años de diferencia comenzaron una relación. Tres años después el hombre que fue su jefe le pidió matrimonio a la Ale.

 

“Es que no encontré sentido a la vida en realidad, porque yo quería algo y no se me iba a dar la oportunidad”, Alejandra Duque recordando su adolescencia. 

 

Durante su infancia, ella siempre sintió que no tenía un familiar que le prestara atención, tampoco alguien que la defendiera de los abusos que pasaban en su casa. Se sentía sola y en las calles comenzó a encontrar lo que buscaba: cariño, protección y seguridad. A los 13 años obtuvo su primer trabajo como promotora; su altura, delgadez y simpatía fueron algunos de los atributos que la llevaron a clasificar -según sus jefes- en el empleo. Aquí fue donde empezó a conocer el mundo del narco.

A pesar de haber llegado a la adolescencia, Alejandra nunca dejó de sentirse como en la niñez, de hecho esto empeoró. El sueño de ella siempre fue conocer el mundo, aprender idiomas, ser azafata. Sin embargo, cuando en 8vo básico su madre le dice que es mejor apegarse a la realidad, que nunca tendrán el dinero para pagar sus estudios, la Ale ya dio todo por perdido, “es que no encontré sentido a la vida en realidad, porque yo quería algo y no se me iba a dar la oportunidad”, cuenta.

Hoy, es jefa de hogar, madre soltera -el padre de sus hijos se encuentra en prisión- y desde su nueva vida en Rancagua, intenta decirles a sus hijos -Fernanda (14), Cristóbal (11) y Josefa (10)-  todo lo contrario: ustedes sí deben soñar. Para ella, lo más importante son sus estudios, y hace lo que esté a su alcance para ayudarlos. Quienes conocen a Alejandra, saben que es una madre 24/7, “es súper exigente con ellos, pero quizás esto tiene que ver con su historia”, relata Jesús, su socio y amigo de la peluquería del local 36 en pleno Mall de la Mujer.

 

Un giro en 180 grados

Su primer jefe, a los ocho años, tenía siempre una caja roja cerca, “a mi me llamaba tanto la atención, entonces un día me metí a su casa, entré y me la llevé, luego me di cuenta que tenía plata”, cuenta Alejandra. Era primera vez que veía tanto dinero entre sus manos. Entre monedas de a pesos y billetes de 500, ella recuerda, “ ¡Wow! Me compré dos chicles, me acuerdo que me metí dos miti miti en la boca y era toda una sensación”.

Poco a poco se fue relacionando con distintas personas, cada vez más lejos de su familia, pero más cerca de la calle. Este deseo de escapar, de tener algo mejor de lo que ya tenía y de encontrar el amor en alguna parte, la llevó a su primer matrimonio, ese que sólo duró ocho meses. Fue en esta época, a los 15 años, cuando también comenzó a consumir, algunas veces marihuana, otras cocaína.

Alejandra siempre pensó, que para sus padres, ella era la conflictiva, la contestadora y, su hermano, todo lo contrario. Sin embargo, había algo de lo que no se podría negar, a la Ale le gustaba trabajar. Desde los 16 años comenzó como promotora, donde también comenzó a relacionarse con ladrones y traficantes, como ella misma relata.

 

“A mi me llamaba tanto la atención, entonces un día me metí a su casa, entré y me la llevé, luego me di cuenta que tenía plata”, Alejandra cuenta su primer delito a los 8 años. 

 

Su primer trabajo ilegal fue muy simple. En esta época ella tenía una nueva pareja, quien un día le pide si puede hacer “una entrega” por él. Sólo pasaron un par de horas para que Alejandra comenzará la odisea; tomó una micro amarilla que la llevaría de una comuna a otra; en su espalda una mochila llevaba un bulto, tocó el timbre en un portón de madera, aparece un hombre, le entrega un bolso, le pide que lo revise y ahí estaba, lleno de billetes. Ahora ella debía regresar, todo esto lo hizo “por apañar” en la relación.

La historia continuó así, de aquí en adelante, rápidamente ella comenzó a ver que en el tráfico podría obtener dinero, juntar plata para cumplir sus sueños, tener recursos para satisfacer sus ganas de consumir, de todo eso se trataba. Sin embargo, involucrarse tanto aquí también la llevó a discusiones que terminaron en golpes, amenazas con cuchillos y riñas de barrio.  Pero, un día este mundo se le movió por completo.

  • ¿Qué te sucedió?
  • “Es que una vez vi a mi mamá sufrir… me dijo que estaba muriendo por dentro…y que ella sabía que era la culpable de todo lo que yo hacía, y me dijo que por favor que me dejara de matarla”, cuenta.

A partir de ahí, Alejandra dejó el consumo, pero continuó viendo a las mismas personas.  

 

De lo ilícito a los cambios

Fue a los 20 años cuando Alejandra sintió que encontró el amor. Conoció al padre de sus hijos, con él se sentía feliz, con él “lo podía tener todo”. Al quinto año de relación nació su primera hija, Fernanda, luego vinieron los otros dos. En su casa en La Pintana siempre había dinero para las compras del supermercado, para salir a cenar, para el alquiler de la casa en Papudo o en El Tabo, para la fiestas donde nada faltaba.

En este contexto, es que vivían “una vida tranquila”, como relata Alejandra. Lo que pasaba fuera de casa, sólo era un tema de los adultos, puesto que los niños sólo tenían que preocuparse de ir al mejor jardín, al mejor colegio. Sin embargo, en el 2008 las cosas cambiaron. Durante mucho tiempo Duque fue perseguida e incluso procesada por encubrir actos de su marido; él, por otro lado, se vio obligado a cumplir una condena, una que vive en la cárcel.

 

“Mi hija se quiere comer el mundo leyendo libros y yo a su edad, quería ganarlo con un par de jeans apretados”, Alejandra se emociona pensando en sus hijos. 

 

A pesar de lo que había ocurrido, Alejandra nunca perdió el contacto, “él era mi todo, yo creo que hasta perdí mi identidad con él”, relata. Es que la relación, a pesar de estar cruzada por las actividades ilícitas fuera de casa, era buena. Si bien la Ale lo siguió visitando por un tiempo, sus hijos no. Ahí el tema para ella ya era otro: ellos no tenían por qué vivir la cárcel, al menos así lo pensaba.

Pasaron dos años, cuando en 2010, Duque cae detenida. La investigación venía hace algún tiempo, pues se trataba de una posible banda de narcotráfico, ¿qué rol se suponía que ella jugaba ahí? Trasladar vehículos que serían cambiados por droga en la frontera. Nada de la investigación parecía muy claro, sin embargo, ahí entraba como imputada, luego terminó cumpliendo su condena en el Centro Penitenciario Femenino de San Joaquín (CPF). Tres años de cárcel, tres niños fuera quedan sin padres.

 

 

Mientras tanto, la madre de Alejandra, quien ya vivía en Rancagua, decidió hacerse cargo de sus nietos. Ella, otra mujer más, era la responsable de llevarlos a las visitas carcelarias. De manera paralela, Duque sabía que debía tener buena conducta dentro de prisión, pues sólo así podría conseguir los beneficios que se les prestaba. Consiguió trabajo dentro, animó algunos eventos, dio entrevistas para la televisión, armó su propia pyme vendiendo ropa, se encargó que a sus hijos nunca les faltara nada.

En 2013 las puertas se abrieron, las lagrimas de emoción la inundaban, ¿podría recuperar el tiempo con sus hijos? Eso era lo único que pensaba. A pesar de recibir llamados de sus amigos del pasado para “nuevo negocios”, Alejandra prefirió no contestar. Tomó sus cosas, se alejó de la capital y llegó a Rancagua. Aquí iba decidida a empezar de cero; consiguió un trabajo en peluquería, comenzó a vender ropa que llevaba de Meiggs, arrendó su casa de La Pintana y, así, llegó a donde está hoy. Sentada en la silla del local 36, “Peluquería Alejandra Duque” en el Mall de la mujer de Rancagua, se ríe con sus clientas.

El reggeaton no para de sonar, Jesús -su amigo con el cual trabaja- le está ayudando con el alisado del cabello. Las paredes están llenas de diplomas de cursos que ha hecho Ale, desde computación, hasta perfeccionar la peluquería. De pronto, suena su celular, es su hija mayor, necesita materiales para el colegio y Alejandra lo deja todo anotado. Más tarde la esperan en su departamento sus tres hijos, su gato y su perro a pocas cuadras del trabajo. Esto es todo lo que esperaba, ella tenía esas ganas de evolucionar y emocionada piensa en ellos y dice: “Mi hija se quiere comer el mundo leyendo libros y yo a su edad, quería ganarlo con un par de jeans apretados”. 

Dos caminos diferentes: Rancagua y la Cárcel

Un portón reventado y ocho agentes policiales cambiarían la vida de Alejandra Duque para siempre. Ese era el punto de quiebre donde lo que más quería se iría lo más lejos posible hacia el sur de Santiago y ella partía al lugar más incierto: la cárcel.

Por Camila Pinto y Renata Ahumada

En su peluquería en pleno centro de Rancagua, Alejandra Duque (40) recuerda sus últimos días como una persona libre en La Pintana. Rememora con amargura los días en que veía a sus hijos sin tener rejas de por medio y el día en que todo cambió, es el más vívido.

Habla de ese día con un poco de rabia e impotencia… Asume que no es una herida sanada y asegura que “Ellos –PDI– se llevan hasta el gato”. Cuando les toca hacer las redadas que son más como de película de lo que uno piensa.

 

 

Es la madrugada de un día normal para Alejandra en el año 2010. Lleva coordinando la ida y venida de autos al norte llenos de una valiosa mercancía, mientras que se siente orgullosa porque a sus hijos no les falta nada, “Todo lo que querían, ellos lo tenían”, comenta.

 

“No iba a dejar que se los llevaran al Sename, los hijos entran ahí y no salen nunca más, al menos como tú los conociste”, Alejandra recuerda su convicción el día de la separación. 

 

Su hermana estaba de visita y en el hogar se encuentras seis menores de edad. Un fuerte golpe los despierta del sueño profundo que tenían, ya que Alejandra de una u otra forma se sentía segura: pertenecía a una banda organizada llamada “Los Calamares” y sabía que la cuidaban. Pero esta vez fue diferente y ese golpe, se convirtió en fuertes estruendos provenientes del frontis de la casa.

Para cuando todos ya estaban alerta, era muy tarde y la Policía de Investigaciones ya había echado el portón abajo con uno de sus furgones para entrar al recinto que ya estaba rodeado en su totalidad, armados y listos para llevarse a la mujer que era traficante y que además, había sido cómplice del asesinato de un carabinero.

 

“Todo lo que querían, ellos lo tenían”, Alejandra hablando de sus hijos en los tiempos de la abundancia del narco. 

 

En cosa de segundos, cerca de ocho agentes policiales invadieron el inmueble y destruyeron todo lo que se encontraba su paso: cualquier lugar es lo suficiente bueno para esconder unos gramos de cualquier sustancia y así, la detención de Ale sería automática.

 

 

“¡Investigaciones PDI!”, se esparce la voz hostil de la policía, mientras Ale aun con sus hijos, los dejaba acostados para poder enfrentarse a su primera detención y esa fue la escena que se grabaría en su mente por los siguientes meses de encierro: Entre todo el alboroto, sus tres hijos estaban sentados al borde de la cama escuchando los gritos e insultos que muchos hombres dirigían a su madre, al mismo tiempo que Alejandra decide qué hacer.

          ¡Trae la wea weona! No te hagai la weona si tú sabi’ lo que estay haciendo.

Alejandra no se rendía, no paraba de pensar en sus hijos y en lo solos que estarían, mientras que los hombres desconocidos siguen rompiendo y reventando las puertas, a medida que el ruido de la calle se hace más fuerte, haciendo que la curiosidad de los alrededores se acerque a su casa en La Pintana.

          “¡Mis hijos por favor, no te los llevi’, no los toqui’, déjalos aquí!”, grita cuando recuerda que de cualquier redada en que los niños se quedan solos, el siguiente paso es el Sename, lo que significa seis meses base antes de que pudieran salir del Centro de Menores.

 

 

Ella baja la resistencia y se da cuenta que las cosas no estaban saliendo tan mal: No se llevarían a su hermana a pesar de ser el protocolo y sus hijos tendrían un lugar, “No iba a dejar que se los llevaran al Sename, los hijos entran ahí y no salen nunca más, al menos como tú lo conociste”, asegura.

Ese fue el día decisivo en que la familia de Alejandra tomaba dos caminos radicalmente diferentes, uno era la cárcel y otro era Rancagua, el lugar donde los tres niños comienzan su vida lejos de todo lo que un día fue su mundo, el mundo de las drogas. Un camino que se juntaría con el de su madre, muchos años después.

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