Es un proyecto que busca visibilizar la principal problemática que se vive hoy en las cárceles de mujeres. Las estadísticas evidencian que esta población penal ha aumentado desproporcionadamente en comparación con los hombres, siendo la principal causa de encarcelación, el delito de droga. Más allá de entregar cifras, hemos querido contar historias; ¿quiénes son?, ¿cómo participaban?, ¿cuáles fueron sus razones?, ¿cuál es su reflexión?

Las 787 mujeres chilenas condenadas por delito de droga en el año 2016, no sólo sufren la condena de cometer un crimen, sino que también la vida carcelaria y, la más dura, la condena social. Es por esto, que por medio de la presentación de una mirada holística, Renata Ahumada y Camila Pinto -futuras periodistas de la Universidad Diego Portales- han querido visibilizar a estas mujeres invisibilizadas.

787 Anonimas > María Inés

María Inés Aravena

Telas para Soñar y Drogas para Vivir

Desde pequeña María Inés (44) ve con admiración a su madre modista e imagina las infinitas posibilidades que pueden resultar de coser dos pedazos de tela. Siempre imaginó ganarse la vida con la creatividad de sus dedos, pero a los 17 años quedó a cargo de un hogar y el tráfico se convirtió en su mejor opción. Años después, la historia se volvería a repetir.

Por Camila Pinto y Renata Ahumada

Es la una de la mañana en Recoleta, específicamente en calle Cárdenas, donde María Inés Aravena espera encontrarse con sus cinco hijos sin ser vista por los rati y poder pasarles algo de dinero para sobrevivir hasta fin de mes. Lleva un año prófuga, eligiendo todas las mañanas atuendos con prendas que variaban de un día a otro: pelucas, bufandas y gorros, para protegerse de las miradas analíticas de la policía que la investigan desde su “fuga”.

Recuerda ese día en el 2012, cuando la soltaron sin saber por qué del Centro Penitenciario Femenino (CPF), luego de 18 meses de estar presa por delito de microtráfico. Su condena estaba inconclusa, pero aún así le abrían las puertas a su libertad. Ahí ya en la calle, sabía que estaba a minutos de reunirse con todo lo que soñaba cuando estaba dentro de su celda en la comuna de San Joaquín, todo ese mundo que la esperaba fuera.

Hizo el trayecto en metro San Joaquín – Zapadores y luego de dos combinaciones, estaba llegando a su casa donde la esperaban sus hijos; Aylén, Anderson, Braulio, Vladimir y Brandon, a quienes volvería a ver después de tanto tiempo. La separación había sido forzosa: 20 agentes de la PDI reventaron las puertas y la sacaron a palos de su casa en Recoleta.

 

El tiempo había pasado, ahora ellos eran diferentes, más adultos, con otras historias. María Inés está determinada a recuperar el tiempo perdido; porque así lo siente ella, sin embargo, sus hijos no la juzgaron, ya que ellos -en parte- entendían sus razones. Ella no sabía qué hacer cuando se dio cuenta que haber dejado el liceo a los 16 años, era una traba a la hora de buscar trabajo y, ahora estaba a cargo de un hogar con seis personas.

Voy y Vuelvo

A los 17 años María Inés tuvo su primera hija y tiempo después su madre murió de cáncer al pulmón, ese proceso había sido duro, ya que fue un año completo en que debieron trasladarse de un hospital a otro. Desde ese entonces, su vida giró en 180 grados: cambió los días donde soñaba con inventar sus propias creaciones de diseño, con retazos de tela sobrantes de las confecciones que hacía su mamá, por cuidar de Aylén -su hija mayor- y también hacerse cargo de sus tres hermanos.

El colegio ya lo había dejado hace un tiempo para poder ayudar en la casa con los gastos. Con un padre que se había ausentado hace mucho tiempo, y una madre que recién había fallecido, María Inés se convirtió en jefa de un hogar completo. Así, de un día para otro.

 

 

Mientras estudiaba el oficio de costurera para perfeccionarse, trabajaba en un taller de confecciones, donde sus pares la calificaban como muy buena en lo que hacía y, ella sabía que tenía potencial. Luego, buscando un mejor sueldo se fue a trabajar tiempo completo en otra empresa, pero esto también la obligó a dejar  sus estudios. Tras meses de trabajo y muchos sueldos impagos, sucedió algo que no esperaba: la estafaron con cerca de un millón de pesos.  

 

“Decía ya… voy a juntar plata y después lo voy a dejar”, pero eso no pasó, sólo se acabó este trabajo para María Inés, después de que pasaron 20 años.

 

Nada de lo que pasó se lo esperaba. Esa misma noche su casa se había llovido entera, no había luz, ni agua. María Inés no sabía qué hacer, pasaron los días y encontró una solución. Ahí fue que  a los 18 años se involucró en el mundo del crimen. Lo primero que hizo fue robar junto a otras amistades que vivían ahí en su mismo barrio. Luego, cuando ya habían pasado algunos meses desde que se involucró en este círculo, realizó su primera transacción de droga y con este dinero, ella pensó que la vida le sonreía otra vez.

 

 

Durante mucho tiempo María Inés estuvo involucrada en el mundo delictual, junto a ello venían las detenciones y recuerda,  “decía ya… voy a juntar plata y después lo voy a dejar”, pero eso no pasó, sólo se acabó después de que pasaron 20 años. Sus hijos ahora estaban grandes y entendían lo que significaba el “voy y vuelvo” que les decía cada vez que salía apurada de la casa a hacer las transacciones.

Relevo de Jefa de hogar

Llegó el momento en que María Inés no pudo pagar por su libertad, ya la fianza no funcionaba y esta vez, era el año 2010, la trasladarían a la cárcel. Mientras tanto, en su casa de Recoleta la historia se repetía: Aylén -la hija mayor de María Inés- se hizo cargo de cuatro niños, además de su propia hija que tenía sólo un año; “ yo voy a apechugar contigo mamá”, fueron las últimas palabras que esa niña de 18 años le dijo a su madre antes de ir tras las rejas. Su trabajo como vendedora en Kayser, le ayudaría a mantener el hogar.

 

“ Yo voy a apechugar contigo mamá”, fueron las últimas palabras que esa niña de 18 años le dijo a su madre antes de ir tras las rejas.

 

La cárcel era algo que siempre aterró a María Inés y pronto tuvo que enfrentarse a esa realidad que muchas veces imaginó, pero que no esperaba vivir. “Lo más fuerte fue escuchar cómo se moría una reclusa en la celda de al lado porque le habían sacado la cresta”, recuerda perturbada una de las peores noches que pasó dentro de este lugar.

Sin embargo, no todo fue tan malo. Apenas tuvo la opción de conseguir un trabajo dentro del CPF, ella recordó su profunda pasión que tenía hacia la confección y, fue ahí cuando conoció a Carmela Maass, una mujer que venía “de afuera” y que lideraba los talleres de manualidades dentro del centro penitenciario. Con el tiempo se formó una linda amistad entre las dos, María Inés recibía pagos a escondidas por los trabajos extras que le hacía a Carmela, quien decoraba eventos cuando no iba a la cárcel.

 

“Lo más fuerte fue escuchar cómo se moría una reclusa en la celda de al lado porque le habían sacado la cresta”, María Inés recuerda la noche más traumática de su vida. 

 

Fueron seis meses en diferentes tipos de trabajo. Para llegar a ellos, se tenía que levantar  a las 7 de la mañana, antes que todas las reclusas, sólo así sería vista e identificada por las gendármenes. Esta era la forma de que te comenzarán a clasificar como una interna de buena conducta y así podría acceder al Área Técnica, donde consiguen trabajo dentro. Pero no fue sólo eso, puesto que también lo combinó con el estudio. Mientras tanto, Carmela la esperaba afuera con un trabajo: quería que se fuera a decorar eventos con ella, tenía un talento especial.

Puerta Giratoria 

María Inés estaba feliz por tener su oportunidad al fin, tenía un trabajo que le apasionaba, pero esa tranquilidad no duraría mucho. Un día recibe un llamado inesperado: “tienes que cumplir la otra parte de la condena sí o sí”, le dice su abogada al otro lado de la línea telefónica. No entendía qué pasaba, por qué la dejaron ir, sin embargo, no iba a dejar a sus hijos de nuevo, ni tampoco su trabajo.

Un año estuvo de incógnita, momento en el que siempre se mantuvo cerca de sus hijos y se conformaba con juntas a hurtadillas en la madrugada, por las calles de Recoleta, para no ser vista. “Todos me decían que me fuera lejos, pero yo les decía, ¿cómo me voy a ir? No puedo”, era su respuesta frente a la idea de dejar a sus hijos. Hasta que un día normal de caminata nerviosa hacia el paradero, siente una mano firme y apretada en el hombro y ya sabía quién era: era momento de volver.

 

“Tienes que cumplir la otra parte de la condena sí o sí”, le dice su abogada al otro lado de la línea telefónica.

 

Pero María Inés no hacía más que pensar en los turbulentos meses que había tenido, donde Brandon, su hijo menor cayó preso por asaltar una tienda y otro de sus hijos fue atropellado, quedando hospitalizado con movilidad reducida. Esa era su preocupación a la hora de ingresar esta segunda vez.

Los siguientes tres años pasaron con lentitud y María Inés ya sabía qué hacer. Casi de forma automática comenzó a realizar sus tareas y “juntó conducta” para reencontrarse con todo lo que dejó afuera; sus hijos nuevamente solos y Carmela que la esperaba para que se dedicara a lo que siempre soñó, crear con sus manos.

 

 

Al salir, cuando caminó por las calles de San Joaquín se sintió libre, después de más de 25 años, podía respirar tranquila. Sabía que el narcotráfico había hecho de su vida una interminable seguidilla de sustos y sorpresas, por lo mismo no volvería y volvería a armar su vida de forma honesta, decorando eventos.

En la actualidad sigue trabajando con Carmela y sonríe más que nunca antes. Vive con sus cinco hijos y ocho horas diarias de trabajo la hacen sentir feliz y asegura, que el encierro sí trajo consecuencias en su familia, pero es una agradecida de Dios porque sus hijos trabajan y estudian, que a pesar de todo “los chiquillos tienen sus metas y no siguieron el mismo camino que yo”, declara entre arreglos florales, tarros de pinturas y jaulas de pájaros, esperando que su testimonio pueda visibilizar la fuerte y engorrosa vida de mujeres como ella.

PDI y Almuerzos Violentos  

Durante casi 20 años que María Inés Aravena se dedica al tráfico de medianas cantidades de cocaína, pasta base y marihuana. Sus hijos ya saben lo que pasa y tratan de aconsejarla, pero las deudas y las responsabilidades la sobrepasan. Todos en la casa saben que llegará el día en que venga a buscar a María Inés.

Por Camila Pinto y Renata Ahumada

La jefa de hogar cocina almuerzo para sus hijos que llegarán en unos minutos del colegio. Es la una de la tarde y María Inés se levantó hace poco, su horario de trabajo le permite flexibilidad, sin embargo, ese relajo durante el día, no sucede por las noches. A ratos se siente intranquila, sabe que en cualquier momento las cosas puede cambiar, de hecho, dentro de unos minutos algo sucederá.

Su hija mayor es Aylén, quien con 18 años ya es madre de una niña. Ella, en este momento se encuentra en otra habitación del hogar, cuando de pronto escucha el sonido de lo que parece ser la frenada en seco de miles de autos se escucha desde su cocina. De forma paralela, María Inés ya sabía que el día había llegado, esto tarde o temprano iba a suceder; pues las múltiples detenciones -antes del 2010- habían sido todas sin castigo, sólo advertencias. El Sistema Procesal Penal ya no era el mismo.

 

De pronto, escuchó reventarse la chapa del portón de fierro y en cuestión de segundos, más de 20 uniformados invadieron su casa. Rápidamente comenzaron a revisar cada uno de los espacios donde podrían encontrar a más personas. Los gritos inundan los rincones: “¡PDI! ¡Pasa la weá!”, María Inés siente la firmeza de un “cachazo” en su nunca y después otro. Su pelo rubio se encontraba atrapado en la mano de un agente mientras este la incitaba con toda su fuerza a que entregara la droga que tenía escondida.

 

María Inés siente la firmeza de un “cachazo” en su nunca y después otro. Su pelo rubio se encontraba atrapado en la mano de un agente mientras este la incitaba con toda su fuerza a que entregara la droga que tenía escondida.

 

María Inés no tenía droga. Siguió los consejos que había aprendido a medida que conocía el oficio y sabía que mantener el negocio fuera de su casa, era la decisión correcta: su hija ya era mayor de edad y si algún rastro de la cocaína, marihuana o pasta base que movía se encontraba en el mismo lugar que Aylén, sería el fin de su libertad y eso jamás se lo perdonaría.

Con pistola en mano los uniformados reunieron a las dos mujeres y a la niña del hogar en el living. Todas en el suelo, todas asustadas. María Inés siente una patada mientras le grita a los hombres que por favor no les hagan nada a sus hijos, los otros que se encontraban un poco más allá, mientras le responden:

         ¡Pasa la wea escondida! ¡Y si no te encontramos nada, te vamos a poner igual algo, porque sabemos que eri tú! – Asegura uno de los integrantes de la policía con rabia y euforia.

         ¡Mis hijos! ¡No te llevi a mis hijos! ¡Ellos no tienen nada que ver, llévame a mí pero no a ellos! – Grita la madre desesperada cuando ve que uno de los uniformados al otro lado de la habitación le pega una patada en el suelo a Aylén.

Lo mejor era no continuar con la discusión, menos seguir una resistencia. Ella resignada sabe que no debe dar más la pelea, sus hijos ya empezaron a vivir en carne propia las consecuencias de sus actividades ilícitas y piensa: “Es tiempo de pagar por todo lo que he hecho” y deja que le pongan las esposas, que se sintieron más apretadas que cualquier otra cosa que haya sentido antes.

 

Aylén, Anderson, Braulio, Vladimir y Brandon se tendrían que cuidar por su cuenta y no había nada qué podía hacer al respecto. Sale de su casa y ve algo que nunca había visto antes: la calle estaba repleta de autos de la Policía De Investigaciones (PDI) y sus vecinos llenaban el pasaje mientras miraban perplejos la escena. Entre los distintos rostros, María Inés reconoce las miradas de sus hijos que habían llegado del colegio, esperando el almuerzo que quedó a medio preparar.

Ella nunca va a olvidar la expresión de su cara, mientras se sube al bus que la trasladará al lugar donde será juzgada por los crímenes que venía cometiendo hace casi 20 años. Ni los jueces, ni los “tira” entendían sus razones, pero ella mira al pasado y sabe que la desesperación es una mala consejera.

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