Es un proyecto que busca visibilizar la principal problemática que se vive hoy en las cárceles de mujeres. Las estadísticas evidencian que esta población penal ha aumentado desproporcionadamente en comparación con los hombres, siendo la principal causa de encarcelación, el delito de droga. Más allá de entregar cifras, hemos querido contar historias; ¿quiénes son?, ¿cómo participaban?, ¿cuáles fueron sus razones?, ¿cuál es su reflexión?

Las 787 mujeres chilenas condenadas por delito de droga en el año 2016, no sólo sufren la condena de cometer un crimen, sino que también la vida carcelaria y, la más dura, la condena social. Es por esto, que por medio de la presentación de una mirada holística, Renata Ahumada y Camila Pinto -futuras periodistas de la Universidad Diego Portales- han querido visibilizar a estas mujeres invisibilizadas.

787 Anonimas > Úrsula Valdés

Úrsula Valdés

Corriendo de Bajos de Mena

Úrsula Valdés (31) tenía 14 años cuando decidió escapar de los golpes y los abusos en su hogar, a lo que se veía una prometedora vida con su pareja. El mundo de las drogas estaba a la vuelta de la esquina y la cárcel a la otra cuadra, pero no todo es tan absoluto entre los impredecibles callejones de Bajos de Mena.

Por Renata Ahumada y Camila Pinto

Ya casi se está escondiendo el sol y, ahí, justo en medio de la plaza de la población San Ricardo –en La Pintana- con un coche sujetado muy firme entre sus manos; dentro de él hay pasta base y marihuana lista para ser vendida, “yo andaba con el coche con carne, recuerda Ursula Valdés (31). Raúl, su pareja, es quien le pidió que hiciera estas transacciones, ya que sólo así podría generar menos sospecha frente a Carabineros y podía pasar desapercibido.

La historia se repetía una y otra vez, en algunas ocasiones Úrsula era trasladada a la Comisaría, sin embargo, a las pocas horas quedaba en libertad. La situación se fue complicando cada vez más, la Policía de Investigaciones –PDI– comenzó una investigación que consignaba la participación de su conviviente en bandas de narcotráfico, es que “a él ya lo tenían fichado”. Raúl se fue detenido y ahí terminó la relación de seis años.

 

“Yo andaba con el coche con carne (droga)”, recuerda Úrsula en su hogar en un pequeño pasaje de la comuna más grande de Santiago, Puente Alto. 

 

Principalmente, los ingresos -para esta familia- venían del robo o del tráfico. El padre de sus hijas, en ese entonces su pareja, no dejaba que Úrsula utilizará algún método anticonceptivo y todo el tiempo intentaba mantener el control sobre ella, esto muchas veces lo manejaba a golpes. Verónica Contreras, su mejor amiga de la infancia, recuerda que durante esa época nunca la vio feliz, pero sabía que la única razón por la que Úrsula aún seguía ahí, era porque no tenía ningún otro lugar para llegar. Hoy, ya llevo ocho años lejos de él.

 

Úrsula

 

La única mujer 

Cuando Úrsula tenía 11 años, llegó a la casa donde hoy vive junto a 13 personas más de su familia. Una vivienda de dos pisos, con tres dormitorios ubicada en Puente Alto, específicamente en calle Quellón en el sector Bajos de Mena -considerado el  gueto más grande de Chile por concentrar altos índices de vulnerabilidad, violencia, y homogeneidad social y funcional-.

Por esos años, Úrsula ya no iba muy seguido al colegio, desde que entró a 3ero básico su asistencia siempre fue intermitente. Su papá ya se había ido de la casa, ella era la hermana mayor entre los cuatro hijos que tenía María Cristina, su madre; sólo el hecho de ser la única mujer, la convertía en la otra persona que debía ayudar a su mamá en las tareas del hogar. Eso era más importante que su educación.

 

– Es que a mí no me gustaba ir al colegio, así que siempre hacía la cimarra, dice Úrsula entre risas.

– Si po’, si yo te sacaba la porquería, pero nunca entendiste, le responde María Cristina.

 

Cuando Verónica Contreras, su amiga del barrio que vivía a menos de una cuadra, la iba a buscar a la casa, encontraba a Úrsula en cunclillas limpiando el piso o, en otras ocasiones, enojada porque su madre nuevamente la había golpeado. “Ella era súper patiperra, pero yo creo que por la situación de violencia de su casa”, cuenta Contreras. Ya a los 10 años, prefería estar en la calle con sus amigos del barrio, ahí se juntaban a fumar marihuana y fue la primera vez que le dio la pálida.

 

“Ella era súper patiperra, pero yo creo que por la situación de violencia de su casa”, Verónica Contreras, mejor amiga de la infancia de Úrsula.

 

En este contexto fue que conoció al padre de Salomé, su hija mayor. Con sólo 14 años decidió salir de su casa e ir a vivir con Francisco en la casa de sus padres, ahí tuvo su primer embarazo, el cual lo perdió. Luego, a los 15 años comenzó a trabajar como empaquetadora en el Unimarc de Lo Curro en la comuna de Vitacura, sin embargo, cuando supieron que ella estaba embarazada de su primera hija, Salomé, fue despedida. Al poco tiempo tuvo su primer acercamiento al mundo delictual: pañales y ropa de guagua bajo su polerón marcaron el antes y después en su prontuario.

 

 

A pocos meses de dar a luz, Úrsula regresó a la casa de su madre, quién estaba esperando su quinto hijo. En abril de ese año nació Salomé, al siguiente mes su medio hermano. Ahora eran 9 personas viviendo en la misma casa, había que trabajar. “Cuando mi hija tenía como 1 año y 9 meses mi mamá se quedó con ella y yo me fui a trabajar como puertas adentro en una casa en Pirque”, cuenta Úrsula. Luego, dejó de trabajar ahí y en su casa las cosas no habían cambiado mucho desde su infancia.

Fue a los 22 años cuando conoció al papá de sus otras dos hijas. Sergio, que en ese entonces tenía 33 años, la invitó a vivir con él a casa de sus padres en La Pintana. Ahí Úrsula encontró una nueva forma para salir de su casa, podía por fin dejar de ser “la oveja negra”, según le decía su madre. Esta nueva vida, la llevó a la cárcel.

El fin de la oveja negra

Fue el año 2012 cuando Úrsula cayó detenida por tráfico, en su expediente se le sumaban otras 10 causas más, siendo la mayoría de ellas hurto. Sergio, el padre de sus hijas, le decía que si ella no iba a robar o traficar, entonces nadie en la casa tendría para comer. Fueron seis años de esa manipulación psicológica, donde las drogas y los golpes dentro del hogar fueron los detonantes que la llevaron a consumir “Marciano” -marihuana con pasta base-, adicción que ya dejó hace más de 12 años.

Un años antes de entrar al Centro Penitenciario Femenino (CPF) de San Joaquín, las tres hijas de Úrsula habían sido derivadas a hogares del SENAME debido una complicada situación familiar que se vivía en la casa de La Pintana. Una de ellas quedó en un centro ubicado en Quinta Normal, mientras que las otras dos hermanas estuvieron juntas en un hogar en la comuna de Maipú. Ya en esta época estaban a punto de volver definitivamente a la casa.

 

                            “Mis hijas y la cárcel me hicieron el click”, Úrsula Valdés. 

 

Úrsula estuvo una semana sin dar señales, su madre se preocupó, sin embargo, cuando recibió el llamado de su hija, ella ya sabía qué había pasado. Dentro de la cárcel ella pensó en sus hijas, mientras en la casa de su mamá, ya planeaban cómo lo harían con las visitas de las niñas y, que además, la tuición de las tres tendría que quedar a su cargo, la cual tiene hasta el día de hoy. Ya no había otra alternativa, puesto que el padre también estaba ausente.

Apenas ingresó al primer patio del CPF, como imputada, fue que recibió el consejo de otras internas: tener buena conducta es fundamental. Un año más tarde, en 2013, logró juntar 5MB – “Muy Bueno”, unidad de medida para la conducta dentro del centro-, que le permitieron vivir en la sección laboral dentro de la cárcel. Aquí realizó distintos tipos de trabajos, uno de ellos fue la construcción de escaleras metálicas, por lo que pudo ir juntando dinero en una cuenta rut, que le permitía para ir enviándoles a sus hijas. “El tema de los teléfonos era mi único castigo”, cuenta.

 

 

El hecho de haber cambiado de patio, también le permitió tener otro tipo de visitas. Junto a Mujer Levántate -una ONG que trabaja dentro de este centro-, sus hijas podían entrar a visitarla sin tener esas revisiones tan exhaustivas que se realizan para el ingreso. Su mamá llevaba a las niñas, desde Puente Alto a San Joaquin, una vez al mes. A pesar de ello, a Úrsula no le gustaba mucho que sus hijas la fueran a ver porque la más pequeña no soportaba la separación después de cada visita y lloraba en cada despedida.

EL 19 de marzo de 2015, Úrsula sale en libertad inesperadamente, ya que aún le faltaban 18 meses para cumplir toda su condena. Nadie fue a buscarla, nadie apareció, tomó un taxi y se dirigió a La Chiloé de regreso con sus hijas en la casa de su madre. Días después ella encontró trabajo en el Centro de Salud Familiar –CESFAM-  Karol Wojtyla, ubicado a siete cuadras de su casa. Ahí duró dos años trabajando para una empresa de aseo, se terminó su contrato y hoy hace turnos de noche en reemplazo de otra persona. Y así quiere continuar, “mis hijas y la cárcel me hicieron el click”, termina de decir Úrsula.

Detención por sorpresa 

Por sexta vez Úrsula iría la audiencia, sin embargo, de esta no habría retorno. Nada de lo que vendría sería fácil, lo primero fue cómo contárselo a su familia, lo segundo ese primer encuentro con otra reclusa que marcaría su bienvenida al Centro Penitenciario Femenino de San Joaquín.

Por Renata Ahumada y Camila Pinto 

Úrsula Valdés  nunca esperó que ese documento que había llegado a su casa, sería el camino directo a tres años de prisión. Era un día de esos que parecían tranquilos, corría el año 2012, sus tres hijas venían llegando de visita a la casa – las niñas ya estaban por salir de los hogares del Sename, donde habían sido derivadas hace un tiempo-. Sin embargo, fue un sobre con un papel blanco y letras dentro que generó un cambio.

 

Bastaba con leer lo que traía ese documento, era una citación que le hacían a Úrsula, pues ese mismo día debería dirigirse a Tribunales; al parecer se trataría de algunas de sus 25 causas pendientes. El último tiempo, Úrsula había estado robando cosas de los supermercados, principalmente pañales y artículos para niños, y en varias ocasiones había sido sorprendida y trasladada a la Comisaría. Esta era la sexta vez que debía ir a una audiencia, por eso, pisar este suelo una vez más sólo lo volvía una situación familiar,

 

Atravesó esa gran puerta de madera que estaba frente a sus ojos, se sentó frente a un fiscal y de pronto escucha: “usted queda detenida por delito de droga”

 

Desde su casa en Puente Alto, ubicada en Bajos de Mena en plena Villa Chiloé, tomó el bus de Transantiago 230, ese que la dejó directo en Santa Rosa. Hasta ahí, Úrsula sólo pensaba que esto sería un trámite más. La sensación no cambió al subir al metro con dirección a la estación de Rondizzonni. Desde ahí, miró por  por última vez Santiago desde arriba. Ahora, frente a sus ojos, estaban los Tribunales; en Pedro Montt 1606 las cosas cambiarían.

Las puertas de vidrio se abrieron, Úrsula comenzó a subir la escaleras y en su mente sólo había pensado en que al fin tendría un almuerzo con sus hijas en casa; a ellas se sumarían las otras nueve personas que también viven ahí. Atravesó esa gran puerta de madera que estaba frente a sus ojos, se sentó frente a un fiscal y de pronto escucha: “usted queda detenida por delito de droga”. No hay nada que pueda hacer para salvarse de su sentencia.

 

Helada, sentada, escucha los pasos de dos gendármenes que vienen hacia ella, le toman los brazos hacia atrás y siente el frío metal de las esposas en sus muñecas. Llegó la hora de ponerse de pie, caminar algunos pasos y llegar directo al calabozo: una pieza pequeña, oscura y fría. Ahora, ¿que venía? Sólo la espera para el siguiente paso.

No tuvo que pasar mucho tiempo para que le dijeran que sería trasladada al Centro Penitenciario Femenino de San Joaquín (CPF). Sentada ahí, justo a su lado, se podía ver a otra mujer. Úrsula comenzó a llorar desconsolada, no podía creer lo que le estaba sucediendo, pero su tristeza se vio interrumpida por un grito áspero y duro -era su compañera de celda en ese estrecho cuarto-,pa’ qué llorai tanto weona. Ambas tenían el mismo destino: la cárcel.

La primera persona a la que decidió llamar para contarle lo que estaba sucediendo fue a José, en ese entonces su pareja. El hombre del cuál Úrsula se sentía enamorada por esos días, y el nombre que lleva tatuado hasta el día de hoy en unas de sus muñecas. Luego, decidió llamar a su madre -María Cristina- quien ya sabía lo que podía estar pasando, pues a sus ojos Úrsula parecía ser la oveja negra de la familia.

 

Apenas había ingresado al patio tres, cuando repentinamente se encuentra con una cara conocida. No era una vecina, menos un familiar, sino que se trataba de la misma  mujer que la había interpelado cuando serían trasladadas a la cárcel. Ella se le acercó para pelear, y como Úrsula ya se había dado cuenta con un par de horas ahí, muchos de los problemas se resolvían a golpes.

Ese primer día fue cansador, la noche aún más. No podía dormir pensando que en cualquier minuto algo malo le podría pasar, esos no eran inventos suyos, sino que afuera -entre conocidos- ya había escuchado que las cosas aquí son distintas. Tres años necesitó para entender las dinámicas de la cárcel femenina, tres para conseguir empleo, tres para decidir que no quería volver atrás.

 

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